Ricos y pobres

Aterricemos la encuesta Casen. Un chileno es pobre si su ingreso men­sual no le alcan­za para comprar dos canastas de alimentos básicos que contengan las calorías y proteínas mínimas que necesita para vivir. Si ese ingreso no cubre siquiera el valor de una canasta, entonces es in­di­gente. Es decir, literal­men­te un muerto de hambre. De esto hablamos cuando nos referimos a pobreza en Chi­le. De 64 mil o 32 mil pesos por mes. Mil pesos más te sacan de la estadística y, de paso, de los programas sociales. Tal cual.

Alarmados y con cara de amarga sorpresa, nuestros representantes ante los poderes públicos desmenuzan las cifras para intentar explicar por qué pasamos de un 13,7% de pobres el 2006 a un 15,1% al 2009. Más que explicaciones, se buscan y esgrimen justificaciones que liberen de culpas.

Vamos por parte. Depende de quién los argumente, se plantean cuatro motivos como los centrales en esta indignante realidad. El primero, cuya comprobación por el momento parece imposible hasta que los datos no estén todos desa­gregados, señala como culpable al nuevo método utilizado para encuestar. Como ahora el sondeo es nominado, es decir, con las direcciones de los entrevistados, se rompe el secreto estadístico y es probable que un porcentaje haya querido aparecer con menores ingresos para poder acceder a subsidios adicionales.

Una segunda causa es que el valor de la canasta subió un 19 por ciento durante el período de la medición. Productos más caros provocan cambios alimentarios porque con la misma plata ahora se puede comprar menos. O sea, de golpe se vuelve más pobre.

Tercero, una mala focalización de las políticas sociales y, peor según el actual Gobierno, se perdieron recursos destinados a los sectores más sensibles por mala gestión o corrupción.

La cuarta es el desempleo, consecuencia de la crisis económica internacional.

Mientras el pobre sigue siendo pobre y el indigente un muerto en vida, estos argumentos se usan de lado y lado para justificar, atacar o defenderse de un problema que en realidad es de todos. No sólo el problema. También la solución.

No cabe duda que un manejo eficiente de las políticas sociales ayuda. Mejor todavía si el énfasis se pone más en la calidad que en las puras cifras. Sería bueno recordar también que una parte de esas políticas se usa para asistir al pobre mientras lo es y no necesariamente para sacarlo de esa condición. Mirado así, es probable que los esfuerzos sociales del estado amortiguaran un efecto que pudo ser mayor y no al revés. ¿Pudieron haber sido más eficientes? Sin duda alguna. Más si parte de los recursos se perdieron en ineficiente administración.

Lamentablemente hay mucha explicación pero ni un solo debate sobre la brecha entre el desprotegido y el afortunado. ¿Cómo se entiende que mientras aumentó la pobreza entre el 2006 y el 2009, en el mismo período el valor promedio de las empresas medido por el IPSA subiera un 4,5%? Si el argumento para despedir era evitar la debacle de una empresa en crisis ¿por qué en la raya para la suma varios se volvieron más pobres pero a su vez otros más ricos? Ahí hay algo que no cuadra. Algo que tampoco se discute. Porque se pueden definir estándares éticos cuando se quiere hablar de salario o ingreso familiar mínimo, pero es políticamente incorrecto debatir sobre ingreso máximo ético. La desigualdad aumenta no sólo porque algunos les va muy bien y a otros muy mal, sino porque en época de crisis, unos pierden y otros dejan de ganar. Plantearlo es duro, pero no podemos seguir haciendo la vista gorda.

Somos expertos en diagnósticos. Mejores en explicarlos. Pésimos a la hora de solucionarlos. El Simce es otro ejemplo. Llevamos 10 años evaluando la mala educación pero en esa misma década nada de lo que se ha hecho logra corregir el problema.

Llegó el momento de tomar las evaluaciones y debatir el fondo del asunto. Así como en el sector público hay que erradicar a los corruptos, mejorar eficiencia y corregir políticas sociales más enfocadas, en el ámbito privado todos tendremos que ponernos colorados una vez y sincerar por qué Chile tiene hoy más pobres pero también más ricos.

Columna escrita para diario Publimetro

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