Así fuimos

Partió el mes del Bicentenario. Mucho cambia­mos en 200 años. ¿Cuán­to lo hicimos en los últimos cien? Una centuria atrás, uno de cada tres niños moría antes de cumplir un año. La expectativa de vida promedio era alcanzar los 30 años. La asistencia en salud era precaria. No existían los antibióticos, los hospitales eran escasos y exclusivos y los hijos nacían en las casas. Sólo entre 1906 y 1910 mu­rie­ron 300 mil niños, el 10 por ciento de la población total chilena.
De infraestructura ni hablar. No existían caminos. Las ciudades eran pocas, chicas y caras. Buena parte de los chilenos vivía y moría en el campo en el que nació. La pobreza existía pero nadie hablaba de ella porque no era tema. Tener ropa en un clóset era cosa de ricos y contrastaba con la realidad de miles de chilenos que no tenían ni siquiera zapatos. En el campo los niños crecían ayudando a los padres y los inquilinos trabajaban en las tareas que ordenaba el patrón.
En Santiago y a pocas cuadras del centro también gobernaba la pobreza. Nadie recogía la basura, no había alcantarillado y las aguas servidas corrían libremente por las acequias. El olor en las precarias calles no se podía soportar.
El alcoholismo imperaba en muchos lugares. Unos pocos tomaban vinos de una calidad extraordinaria. La gran mayoría restante se ahogaba sin embargo bebiendo litreado, un mosto que se vendía a granel y hecho en base a uva nacional de calidad dudosa.
La educación estaba reservada para un puñado. Ir al colegio era un lujo y la gran mayoría del país no sabía leer ni escribir. Los que podían acceder a la universidad se contaban por un par de decenas y en sus pupitres sólo había hombres. Las mujeres eran dueñas de casa y amantes esposas. Nunca más que eso y a veces menos, incluso. No votaban y no tenían ni siquiera derecho a opinión en la mesa.
Apenas sabíamos de elecciones. Al Presidente Germán Riesco lo eligieron en una votación donde participó menos del 1 por ciento de la población. Nuestro régimen era parla­- mentario. Mandaban los diputados y senadores. El Presidente: decorativo.
Casi no teníamos industrias y muy poca capacidad empresarial. La rique­za estaba en el norte. No provenía del cobre sino del salitre. Iquique era la ciudad más próspera de Chile. La Pam­pa tenía lo que el resto de Chile no conocía: teatros, tiendas, cantinas, pis­cinas y colegios. Por esos lados sobraba el dinero, la entretención y el trabajo. El 80% del PIB del país provenía de 150 oficinas salitreras. En nuestro desierto florecía la plata. Pero la riqueza la acumulaban unos pocos –incluso menos familias que ahora- y además concentraban poder político.
Los millonarios viajaban a Europa y se quedaran allá por años. Sus niños crecían y se educaban en el viejo continente. Si no, eran puestos al cuidado de institutrices francesas. Era signo de estatus tener sirvientes. Mientras más empleados en la casa, mejor se reflejaba el nivel socioeconómico. El resto sobrevivía como podía. Dormían hacinados en pequeños espacios. Eran comunes las “piezas redondas”, donde no había ventilación ni ventanas.
Éramos católicos porque el Estado también lo era. No existía la palabra divorcio pero las amantes eran tan comunes como el doble estándar.
Lloramos la muerte de Pedro Montt y Elías Fernández, dos Presidentes que fallecieron en menos de un mes y justo para el centenario, pero celebramos igual. Festejamos presenciando el primer vuelo en cielo chileno.
Inauguramos el asfalto en las calles, el sistema del alumbrado eléctrico, el ferrocarril trasandino que nos conectaba con Buenos aires y desde ahí a Europa, el Museo de Bellas Artes, el Parque Forestal, la multitienda Gath & Chaves y la Plaza Italia que marcaba el límite de la ciudad como para algunos parece hacerlo hasta el día de hoy.
Éramos pobres pero viviendo años de gran prosperidad. La riqueza se acumulaba pero en manos de unos cuantos y los pocos que se atrevían a levantar la voz acusaban la entrega del país a intereses extranjeros. Teníamos mucho para celebrar pero una enorme desigualdad social que impedía que nos sintiéramos orgullosos.
Así éramos hace 100 años. ¿Cuánto hemos cambiado?

Columna escrita para diario Publimetro

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