Es lo que Hay

Nuestro Chile, ese Chile lindo como lo describió alguna vez Clara Solovera en su más famosa cueca, está de cumpleaños. En estos 200 años ciertamente hemos cambiado. Y como todo en la vida, la evolución ha tenido sus luces y sus sombras. Durante mucho tiempo mostramos los rasgos de un país provinciano y aislado. Pero nos abrimos al mundo, primero en lo económico y después en casi todo el resto y de repente nos dimos cuenta que había un mundo allá afuera.

Gracias a esa apertura Chile, país exportador por esencia, creció y creció. Nos volvimos los jaguares, los ingleses de Latinoamérica y nos compramos el cuento entero. Pero nos pasó también que, como ocurre en el colegio tantas veces, una cosa era ser el mejor alumno y otra el mejor compañero y bueno, amigos-amigos de nuestros vecinos no somos ni lo hemos sido nunca.

Crecimos, nos agrandamos, nos volvimos de vuelta democráticos y descubrimos lo que otros conocían hace tiempo. Así como basamos nuestro modelo en el sector exportador, también nos volvimos importadores. Dejamos entrar sin filtro prácticamente cualquier cosa y nos compramos toda la cultura fácil que otros estaban ofreciendo. Harto McDonald’s, mucho trago importado, miles de autos nuevos, electrodomésticos de punta, la cultura del mall y la música foránea.

Lo de afuera siempre mejor que lo nuestro. Y bueno, llegaron por ende los problemas. Vida agitada y comida rápida nos convirtió en uno de los países con la más alta tasa de obesidad. Mismo ranking poco elogioso que encabezamos también cuando se trata de cigarros, alcohol y marihuana.

Tanto auto nuevo nos dejó estresados. Manejar a la hora del taco es un cacho y ni hablar de la contaminación.

Tenemos sofisticados equipos de video pero no tiempo para sentarse a ver una película en familia. Ir a una feria libre ahora es rasca. Mejor el supermercado o al centro comercial de moda. Que Dios nos libre si los cierran por feriado irrenunciable.

Fuimos perdiendo identidad y también la brújula. El problema es que si no sabemos para dónde vamos, cuando lleguemos vamos a estar perdidos.

Somos, que duda nos cabe, un país curioso. Últimos en Latinoamérica en salir de la dictadura, fuimos el país con la transición a la democracia más extensa de la historia mundial. Pero también fuimos los primeros en sentar en la presidencia a una mujer.

Somos orgullosos de lo nuestro pero no nos importa compartirlo. El técnico de nuestra selección chilena es argentino; nuestra única Miss Universo se casó con un gringo y después con un trasandino; Y claro, el noticiero del canal de todos los chilenos lo lee un español.

Somos cartuchos pero nos encantan las mujeres con poca ropa en la TV. Nos gusta el piropeo y algunos, si se puede, jugar de patas negras, pero fuimos de los últimos en tener una ley de divorcio.
Nos quejamos del desempleo, la delincuencia, la salud y la educación, pero en privado de lo que hablamos no es de eso sino de lo que pasó en la teleserie de turno, de la lesión de Fernando González o de la modelo escandalosa de la semana.

Si antes teníamos paltones y hippies, hoy tenemos cuicos y pokemones. Si ayer las micros eran amarillas o incluso antes, multicolor como la canal San Carlos o la Recoleta Lira, hoy tenemos al Transantiago que es lo mismo, pero verde y blanco.

Hemos cambiado harto y la vorágine nos tiene mareados. Necesitamos catarsis y cada vez que podemos, la hacemos. Vino Tunick a sacarnos fotos en pelotas y se convirtió en un acontecimiento social tan mayúsculo que medio Chile, no importando que a esa hora se jugara la final de un Mundial, quiso ir a sacarse la ropa con 2 grados bajo cero.

Somos de extremos. No hay duda. Pelamos y nos peleamos, pero unidos a su vez como pocos. No tenemos ni uno en los bolsillos, pero igual damos plata en la Teletón. Nos cuadramos en las eternas emergencias de la naturaleza; nos arreglamos para invitar a todo el mundo a un asado para ver a la Roja; si es necesario pedimos un crédito para sacar del apuro a un amigo; podemos odiar a un compatriota, pero basta que llegue un extranjero a decirle algo y lo zurcimos a garabatos y nunca, pero nunca se nos olvida que somos chilenos.

Eso somos. Ni más, pero nunca menos. Por la razón o la fuerza. Parafraseando nuestro emblema, en dictadura algunos decían “con razón usamos la fuerza”. Del otro lado afirmaban “fuerza, que tenemos la razón”. Mejor decir, para el Chile del bicentenario, con extremos y todo: “No hay fuerza sin razón ni razón a la fuerza”.

Columna escrita para Publimetro

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