Nobel Democracia

Es muy curioso el destino. Hace 20 años los peruanos optaron por elegir como pre­si­dente a un ingeniero japonés en lugar de un escritor limeño. Alberto Fujimori llegó al poder derrotando con el 60% de los votos a su contrincante, Mario Vargas Llosa. La vida de cada uno siguió caminos demasiado dispares. Dos décadas después, el primero está condenado y preso por corrupto y asesino. El segundo festeja haber recibido el más respetado premio que un literato puede codiciar: el Nobel.

No hay duda alguna de que la historia de ambos habría sido completamente diferente si el resultado de aquella elección hubiese sido al revés. Pero la suerte jugó sus cartas y los protagonistas sellaron con sus actos sus propios destinos.

Ese viaje que hace 20 años emprendieron en el Perú Fujimori y Vargas Llosa es un retrato bien cristalino de nuestra Latinoamérica. Así como es única e inspiradora de historias de novela –bien lo sabe Mario-, también es desi­gual, injusta, de doble estándar y muy surrealista. Miremos los sucesos de la última semana.

Ecuador hizo correr a los presidentes de la Unasur luego de que una supuesta intentona golpista pusiera contra las cuerdas a su mandatario, Rafael Correa. No era otra cosa que una huelga policial y militar por reformas que según denunciaban, los perjudicaba. La revuelta derivó en un caos institucional después de un histérico arranque del Presidente que decidió ir a enfrentar a su propio cuartel a los uniformados en paro. Casi no sale vivo del lugar, terminó en el hospital militar supuestamente secuestrado y con todo el mundo convencido de que lo querían derrocar. De un paro casi pasamos a un golpe que nos recordó que América Latina sigue estando muy en pañales cuando de democracia se trata.

Pensábamos que en este lado del continente el gran problema era la pobreza, pero que el otro, el de la inestabilidad de las instituciones democráticas, ya lo teníamos superado. Los ecuatorianos nos demostraron que no. Pero no sólo ellos. También otros nos iluminaron con ejemplos de que el respeto irrestricto por las instituciones a veces es una quimera.

En Argentina, por ejemplo, vale más la firma de un político que la de todo el Poder Judicial. La negativa del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de extraditar a Galvarino Apablaza, a pesar de que la propia Corte Suprema de ese país dictaminó que tenía que ser enviado a Chile, confirma nuestros peores miedos sudamericanos.

Para el gobierno trasandino pesa mucho más el supuesto trauma que el ex frentista sufrió durante el gobierno de Pinochet que las pruebas que lo incriminan en el asesinato del senador Jaime Guzmán y el secuestro de Christian Edwards. Allá vale mucho más que Apablaza tenga familia e hijos argentinos que la opinión jurídica de una Corte. La “Señora K” desoyó argumentos legales pero prestó oído a la petición de las Madres de la Plaza de Mayo que insistieron en que Apablaza no debía enfrentar la justicia. Ahí mismo evidenciamos otro ejemplo de precariedad institucional y doble estándar. Las mismas mujeres que por décadas han exigido justicia por sus muertos y desaparecidos, defienden a un acusado de asesinar y secuestrar.

El color político pesa mucho más que la igualdad ante la ley. Un tango demasiado conocido por esos lados. Probablemente no se podía esperar más de un país donde abundan las historias de atentados anti judíos sin resolver, de misteriosos maletines con dinero que vuelan entre Buenos aires y Caracas o donde destituyen al presidente del Banco Central por no pasar las llaves de la bóveda. Presidentes cuyas fortunas crecen más rápido que las plantaciones de soja y donde las historias de corrupción se saborean más que un bife chorizo.

Miremos a Cuba, que ahora se obsesionó con perseguir a Max Marambio. Por razones que nadie sincera, el ex GAP cayó en desgracia ante Raúl Castro y ahora es perseguido por el país cuyo sistema democrático el empresario tantas veces defendió. Décadas haciendo prósperos negocios en La Habana y de un misterioso plumazo desaparece la fraternidad entre el ex revolucionario y el gobierno castrista. Una persecución de origen algo siniestro donde la paradoja latinoamericana vuelve a hacer de las suyas. El mismo sistema arbitrario que quizás favoreció el emprendimiento de Marambio en la isla es ahora el que lo persigue y lo tiene con orden de captura internacional.

Las debilidades institucionales en Latinoamérica persisten a pesar de los años. Argentina, Cuba y Ecuador nos pusieron en bandeja en una misma semana tres historias que lo confirman.

Probablemente hoy Mario Vargas Llosa agradezca no haber ganado la presidencia y en cambio abrazar el Nobel. Por estos lados le sobra material para que siga escribiendo.

Columna escrita para Publimetro

 

 

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