La grandeza y la Miseria

Después de lo vivido esta semana, nos queda cla­ro que la celebración del Bicentenario no necesitaba de la inauguración de grandes obras. Re­quería algo mucho más profundo. Y lo obtuvimos, paradojalmente, desde las profundidades de nuestra propia tierra. En nuestro cumpleaños número 200 vimos el renacer del alma chilena. Lo consiguieron los 33 mineros que volvieron a la vida. Pero, honestamente, no fueron sólo ellos.
Además de pirquineros aguerridos, contamos con un Estado eficiente, técnicos altamente capacitados y un sector privado que se puso a disposición de la autoridad para trabajar en pos de un objetivo común.
Hay cosas que por parecer detalles han pasado inadvertidas, pero que tienen tremenda importancia. Cobrarán significación conforme la euforia y celebraciones por recuperar a los 33 vaya decantando.
Las tareas estuvieron a cargo de dos ministros con un rasgo común: ambos provenían de la empresa privada. Laurence Golborne, de Minería, fue hombre clave en el gigante Cencosud, la matriz de la cadena de supermercados Jumbo. Jaime Mañalich, en Salud, fue el director médico de la clínica Las Condes, una de las más importantes de Sudamérica. Los dos dejaron la comodidad de sus estupendos trabajos para devolverle al país desde el servicio público. ¿Devolverle qué? Ambos fueron estudiantes en liceos públicos. Es verdad que son lo que son por sus aptitudes individuales. Pero esas capacidades y competencias pudieron desarrollarlas gracias al alero del Estado.
André Sougarret y René Aguilar también fueron dos engranajes clave en la maquinaria que subió a los mineros a tierra firme. Ambos son ingenieros jefes de Codelco, una empresa del estado. La misma que estuvo en manos privadas hasta que Salvador Allende la nacionalizó en 1970.
Probablemente y después de estos 70 días, Codelco haya conseguido sacarse de encima el estig­ma de que siendo empresa pú­bli-
­ca es mucho menos eficiente que si estuviera en manos privadas. Un logro interesante para la gigante del cobre que siempre está en el ojo privatizador.
La crisis de San José ayudó a despejar otro aspecto. Cambió la imagen de los mineros, a quienes la opinión pública había visto siempre como empleados privilegiados con sueldos más altos que el promedio y en permanentes negociaciones sindicales. La otra imagen de ellos, contrapuesta, es la de pobres pirquineros de escasa formación, precario hablar y dudosas costumbres. Ni lo uno ni lo otro. De Ávalos a Urzúa, uno a uno fueron desmitificando con su salida ambos tabúes. Ya no serán prejuiciados. Ya no serán tampoco los olvidados de siempre.
El accidente del 5 de agosto reabrió la discusión sobre la insuficiencia en materia de seguridad y modernidad en nuestras minas, un tema no menor considerando que Chile es el mayor productor de cobre mundial.
Es cierto que algo de eso hay aún. Pero los yacimientos de hoy distan mucho de la imagen de un minero enviando por la galería a un pajarito. Si vivía es que había oxígeno suficiente. Esa no es la realidad general de esta industria. Al contrario. Tiene maquinaria y experiencia de vanguardia. Podría reseñar estadísticas mundiales, pero parece innecesario considerando que fue la pericia de sus operaciones y sus sofisticadas maquinarias las que hicieron los sondajes que dieron con los mineros y las que cavaron el ducto para sacarlos del refugio.
Con instrucciones del Estado, los privados manejaron el más complicado rescate que se haya realizado en el mundo.
Buena parte de la producción de cobre en Chile corresponde a compañías que dedican en sus presupuestos ítems importantes para cumplir con la regulación internacional en materia de seguridad. No son ni por lejos similares a la minera San Esteban.
Lo que falta no es mayor regulación sino más fiscalización. Empresarios como los de la mi­na San José son los menos, pero hay. Probablemente si el 10% del dinero gastado en el rescate se hubiese invertido en fiscalización, esto se habría evitado. Por ahí vendrá la ma­­no del Gobierno en los próximos meses. Lo prometieron.
El Presidente ha tomado nota de esta inimaginable experiencia. No cabe duda. Con olfato envidiable, el Mandatario desoyó las recomendaciones de algunos ase­so­res que buscando cuidar su imagen le dijeron que era mejor no vincularse a una crisis generada por la empresa privada y cuyo desenlace, a mediados de agosto, más parecía de tragedia que de milagro.
Organizó equipos, designó a los líderes y se la jugó por un rescate que el mundo elogia y sobre el que toma nota.
Así como ese himno entonado por todos esta semana habla de la “tumba de los libres” y del “asilo contra la opresión”, para 33 mineros la negligencia pudo haber ido la tumba y no el asilo. Pero Chile quiso otro destino. Y eso se lo debemos a un Estado eficiente y a un sector privado que supo dar el ancho.
Columna escrita para diario Publimetro

 

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