Cuando Creer no Basta

Hace una semana en esta página abordamos el riesgo de formular acusaciones sin presentar pruebas. Lo hicimos a partir de las imputaciones según las cuales el Presidente de la República habría intervenido en las elecciones de la ANFP.

La importancia de probar de alguna manera el cargo que se formula radica en el daño potencialmente gratuito que se le puede provocar al acusado. Muchas veces no tiene cómo defenderse porque no siempre es posible acreditar que no se hizo lo que se dijo que se hizo.

En Chile, la justicia presume inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Lo hace porque apuntar con el dedo y señalar que alguien cometió una falta o un delito sin poner las pruebas a disposición de los que juzgan, ya sean los tribunales o la opinión pública, debilita al acusador y distorsiona la verdad o al menos la relativiza.

Sin embargo, así como en algunas oportunidades el acusado no puede establecer que lo que se dijo en su contra es falso, existen otras en que el acusador no tiene cómo entregar pruebas de que lo que afirma es totalmente cierto. Es en ambos casos cuando lo único que nos queda es creer. Y creer no basta. No al menos para la Justicia. Por lo mismo, es obligación de los tribunales hacer todo aquello que esté a su alcance para lograr establecer jurídicamente la verdad. De lo contrario, el juicio quedará en manos de la opinión pública, con todas las distorsiones que ello significa frente a la falta de evidencia.

Esta semana el Décimo Juzgado del Crimen de Santiago determinó cerrar sin procesamiento la investigación contra el sacerdote Fernando Karadima, acusado por varios feligreses de abusos sexuales. En su resolución, el juez Leonardo Valdivieso dio un plazo de cinco días a las partes para que soliciten nuevas diligencias. Si ello no ocurre, el caso se cerrará definitivamente.

¿Significa esto que los acusadores no presentaron las pruebas suficientes? A juicio del magistrado, eso parece. ¿Hizo él todo lo posible por llegar a la verdad? Parece sin embargo que no agotó sus esfuerzos. Es lo que piensa el abogado defensor de las presuntas víctimas.

Las acusaciones sobre abusos sexuales cometidos contra menores de edad están calificadas por expertos como las más complejas de investigar. En muchos de estos episodios, el denunciante decide contar su verdad cuando ya es adulto. No lo hizo antes porque el abusador ejerce un control sobre su persona que lo atemoriza e inhibe. Pudo haber sido el caso de Karadima, líder espiritual de James Hamilton, Juan Andrés Murillo, Juan Carlos Cruz y Fernando Batlle, quienes años después y armándose de valentía, dieron a conocer sus denuncias sobre los presuntos abusos de los que fueron víctima cuando el sacerdote era párroco de la Iglesia El Bosque.

Lo hicieron años después de haber buscado silenciosamente que el Arzobispado iniciara una investigación eclesiástica. Su preocupación era que Karadima siguiera actuando con otros como lo habría hecho con ellos. Desde el 2004 y durante dos años, dijeron, nunca recibieron respuesta.
Aunque en 2006 el cardenal Francisco Javier Errázuriz abrió una investigación interna para dilucidar la veracidad de las acusaciones, hubo probadas presiones para evitar que una indagación así afectara la imagen de quien era un conocido sacerdote diocesano.

Probar un abuso tantos años después sólo puede hacerse mediante testimonios de testigos que acrediten el comportamiento denunciado o que validen al menos una actitud que garantice que algo así pudo haber ocurrido. No fueron pocos los que prestaron declaración. Pero para el juez, no fueron suficiente.

En este caso los denunciantes estuvieron dispuestos a hacer todo por demostrar su verdad. Golpearon todas las puertas posibles, partiendo por la Iglesia. Salieron del anonimato y enfrentaron las cámaras de televisión. Lo hicieron a pesar de la humillación y rechazo que una historia como esta les podría generar. Hablaron sabiendo las repercusiones que provocaría al interior de sus familias. Levantaron la voz a riesgo de perder en tribunales. Pero se atrevieron. No fueron denunciantes como los que tiran la piedra y esconden la mano. Pusieron ante las autoridades eclesiásticas y judiciales todos los antecedentes que tenían.

De lo poco que quedaba entonces por hacer para llegar a la verdad era confrontar las versiones de uno y otro. Pero el juez no quiso poner frente a frente a cada acusador con el acusado y cerró el caso. ¿Por qué creyó la versión del que se presume inocente y no del que posiblemente fue víctima? No lo ha dicho y tampoco tenemos certeza que nos lo aclare.

Visto así, la verdad jurídica dirá que Karadima es inocente. Pero ante un proceso incompleto, habrá quienes quieran creer otra cosa. Aunque para muchos, creer no sea suficiente.

Columna escrita para Diario Publimetro

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