Perdiendo el Control

No eran historias comunes. O al menos, no eran historias que conociéramos y, por lo mismo, lo común para un puñado se transformó en novedad para el resto del mundo. Esas historias hablan de diplomáticos estadounidenses practicando sobornos políticos, presiones indebidas, advertencias al margen de lo ético e intervenciones demasia­do explícitas en los asuntos de otros países. No nos sorprende porque, en el fondo, lo imaginábamos.

Pero la sorpresa aparece cuando se confirma lo que hasta hace poco eran sólo supuestos sin comprobación empírica. Son las historias que están siendo reveladas desde comienzos de esta semana a través de unos 250 mil documentos secretos del Departamento de Estado norteamericano y que fueron subidos a WikiLeaks.

Este sitio de Internet fue creado en 2006 por el australiano Julian Assange y su objetivo es proporcionar noticias e informaciones importantes que consigue gracias a filtraciones. Antes de publicarlas, las somete a un riguroso escrutinio para verificar su autenticidad y, luego, a la investigación de periodistas de medios cuyos principios profesionales y éticos son reconocidos a nivel mundial. Ellos se encargan de su análisis y le dan contexto.

Es lo que hizo un grupo de cinco importantes diarios internacionales que desde hace algunos días está publicando lo más granado de esos documentos. Las revelaciones desnudaron un volumen gigantesco de informaciones que hasta ese momento se mantenían como clasificadas. Se trata en su mayoría de informes enviados por las embajadas de EEUU alrededor del mundo y que muestran qué opinión tiene ese país del resto del planeta. Pero no es eso lo grave. La opinión puede ofender, pero es subjetiva y por lo mismo hiere pero no mata. En cambio, otros documentos revelan operaciones de espionaje y estrategias para ocultar deliberadamente hechos que limitan con lo delictual.

La comunidad internacional está molesta. Ofendida. Furiosa en algunos casos. EEUU intenta disculparse -la secretaria de Estado Hillary Clinton se vio obligada a convocar de urgencia a una conferencia de prensa para pedir perdón-, pero a su vez, acusa al acusador de irresponsable. Dice que ha puesto en peligro la seguridad nacional. De paso, critica a los medios que están reproduciendo documentos que por lo visto no fueron lo suficientemente bien escondidos.

¿Debe hacerse responsable la prensa si la divulgación de una noticia tiene como efecto colateral una crisis o pone en riesgo la seguridad de un país? Este es un debate que no se agota con WikiLeaks. Es viejo y en EEUU ha tenido episodios anteriores. El más recordado es el famoso “Watergate”, donde una investigación de dos periodistas derribó al gobierno de Richard Nixon.

Quizás habría que mirarlo al revés. Es posible que gracias a las filtraciones de Wikileaks, se ayu­de a salvar vidas inocentes y a mejorar la transparencia de una nación. La democracia no se enferma con la verdad sino cuando se miente en función de intereses particulares como lo hizo, por ejemplo, el Gobierno de Bush Jr. para justificar la guerra en Irak.

WikiLeaks abrió una puerta que no se cierra más. A partir de ahora, su osado gesto de hacer público lo que por todos los medios se mantenía oculto está replanteando la manera en que han operado los sistemas de inteligencia en el mundo. Una inteligencia que se sirve de todos los medios para conseguir sus objetivos, no importa si vulnera la ley o la ética. Esa misma ética es la que hoy EEUU esgrime como bandera para defenderse y pedir que no le sigan pegando en el suelo.

Culpar al mensajero por las noticias que lleva nunca ha si­do buena política. Tratar de minimizar denuncias potencialmente graves argumentando que la manera en que se obtuvo esa información es ilegal o poco convencional no salva al victimario. Cuando en una pareja uno descubre que el otro lo engaña porque revisó su correo, el argumento de haber violado la privacidad no exime de culpas al mentiroso. Se puede debatir luego si la manera en que lo pillaron fue inmoral o no, pero lo que dio origen a vulnerar una intimidad sigue estando allí.

Hasta ahora EEUU se deshace en disculpas pero no ha entregado ni una sola explicación del porqué espía al res­to, por qué piensa de tal o cual manera sobre los gobernantes del mundo y menos del porqué ha cometido actos e interven­ciones de arrogancia suprema. Quizás no se siente en la obligación de explicar nada, pero de ahí a exigirle a otros que no cuenten lo que hace y cómo lo hace, eso se llama desfachatez.

Columna escrita para Publimetro

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