Que Dios Los Pille Confesados

“Hay algo de estos abusos, de pedofilia. Hay poquito gracias a Dios”. Esa frase, tan simplista como ofensiva, resumió la distancia que existía hasta hace pocos meses entre la cruda verdad de las ofensas sexuales cometidas por curas y la real importancia que la Iglesia Católica chilena le asignaba al delictivo comportamiento de sacerdotes que se arremangan la sotana para abusar de menores de edad.

Pero no la pronunció cualquiera. La dijo el cardenal arzobispo de Santiago, monseñor Francisco Javier Errázuriz. Es decir, el jefe máximo de la Iglesia. Una respuesta demasiado liviana para un tema tremendamente delicado. Pocos o muchos casos, nadie habría dado gracias a Dios. Bastaba con uno -aunque en Chile son hartos más- para que la condena eclesiástica fuese brutal.

Era lo que esperábamos. Pero no fue así. No al menos ese 4 de abril cuando Errázuriz abordó fugazmente el tema en “La Entrevista del Domingo” de TVN ante una pregunta del periodista Mauricio Bus­ta­man­te. Sin embargo, su frase marcó una inflexión. Un punto de no retorno. Fue ese el momento preciso que dejó en total evidencia el necesario recambio que necesitaba la Iglesia Católi­ca. Porque mientras en el resto del mundo, desde el Papa Benedicto XVI hacia abajo, todos los obispos comenzaban a pedir perdón por los abusos cometidos y sobre los que hicieron la vista gorda durante tantas décadas, en Chile el tema se barría bajo la alfombra.

Era sabido y anunciado que Errázuriz dejaría el cargo al finalizar este año o a comienzos del próximo. Lo que no se sabía, hasta este miércoles, era quién lo sucedería en el puesto. Preocupaba la señal que El Vaticano daría con la designación. No daba lo mismo cualquiera. Y la señal dio más respiro de alivio que de inseguridad. Monseñor Ricardo Ezzati fue el elegido. Él fue de uno de los primeros en valorar que, por ejemplo, el caso Karadima llegara hasta el tribunal eclesiástico en Roma para que, al margen de lo que decidiera la justicia ordinaria chilena, se le realizara también un juicio canónico.

Para Ezzati, el tema no es trivial. Él fue uno de los cinco obispos designados por el Vaticano para indagar el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que abusó sexualmente de menores y tuvo una vida oculta con al menos dos mujeres. Y no le tembló la voz cuando, al terminar sus indagatorias, dijo que “el daño de una persona es fruto del propio pecado personal, pero que tiene una consecuencia también en el ámbito eclesial”. Por lo mismo, pidió reformas profundas frente a lo dañado porque de lo contrario -dijo- sólo se hace más débil el testimonio de la Iglesia.

El nuevo jefe de la Iglesia Católica Chilena nació en la zona de Vicenza, en Italia, a principios de la década del 40, aunque buena parte de su vida la desarrolló en Chile en la Congregación Salesiana. Chileno por gracia presidencial desde el 2006, es conocedor de la realidad social más allá de Santiago. Fue obispo de Valdivia y ha vivido en el sur por años. No era de extrañar, por lo mismo, que siendo arzobispo de Concepción fuese elegido para actuar como “facilitador” del diálogo entre comuneros y La Moneda durante la pasada huelga de hambre mapuche. Fue llamado por el Presidente Piñera a sabiendas de que ponía al mando a un hombre duro, directo y frontal. Si había dudas de eso, se disiparon cuando criticó el actuar del propio Gobierno frente al conflicto porque no cedía en prácticamente nada y, de paso, acusó de lentos a los parlamentarios por no tramitar con premura las iniciativas que podían dar solución a un ayuno que por entonces cumplía más de 70 días.

En apariencia mucho menos diplomático que el actual arzobispo de Santiago, Ezzati tiene un modo que algunos temen pero otros elogian. Hablar en corto y decir lo que se piensa es una virtud necesaria en tiempos en que la Iglesia parece, literalmente, estar dejada de la mano de Dios. Ha exigido apurar la superación de la pobreza en regiones y mejorar la calidad de la educación. Ya sabemos a quiénes dirige sus dardos. Y mientras a Errázuriz el actual Gobierno le cerró la puerta en las narices con su propuesta de un indulto bicentenario, el incendio en la cárcel de San Miguel le brindó a Ezzati la excusa perfecta para anunciar que retomará  el tema porque “la sociedad tiene que ofrecer redención”.

Monseñor Ricardo Ezzati no estará más de 7 años en el cargo. Tiene 68 años y a los 75 se asume que debe dejarlo. Se entiende por lo mismo que no llegará a echar raíces sino que su paso será de transición. Una transición que huele a remodelación profunda de una institución que ha perdido sintonía, credibilidad y respeto. Concentrará el poder porque asumirá el próximo 15 de enero aún cuando hace pocas semanas fue designado también como presidente de la Conferencia Episcopal.
Que no le tiemble la mano frente a los necesarios cambios es lo que se espera de él. A los pecadores dentro de la Iglesia, que Dios los pille confesados.

Columna escrita para Publimetro

 

 

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