Pascua ¿Feliz? Para Todos

Es probable que cuando lea esta columna aún le falten regalos por comprar. Es posible por lo mismo que se sienta con aflicción porque el día es corto y el comercio cierra hoy más temprano que de costumbre.

Le propongo un trato. No para esta Navidad, pero sí para la siguiente. Mire a su alrededor y dígame si lo que observa son caras de felicidad en el proceso de adquirir tantos obsequios. Probablemente lo que esté viendo sea en realidad lo contrario. La dinámica de cargar paquetes en los que se invirtió tiempo, dinero y sacrificio en medio del tumulto de numerosos compradores tiene aparejada una sensación de angustia por estar atrasado, porque no le alcanza la plata, porque no encuentra lo que busca o porque tiene que gastar en regalos “de compromiso” que obligan a estirar el presupuesto más de lo conveniente.

Esta columna no pretende abordar la eterna y desoída crítica de evitar el consumismo en estas fechas. Sería perder el tiempo. Chile es una sociedad fenicia y mercantilista donde se demuestra lo que el otro vale a través de lo material. Sin embargo, propone marcar un punto de inflexión para encontrar el equilibrio entre la ambición y la felicidad. O dicho más elegantemente, entre creer que se demuestra el aprecio con un regalo y no de formas que no impliquen el desembolso de dinero.

Parto por una definición básica pero que, por lo mismo, se hace invisible a los ojos de moros y cristianos. La obsesión nacional es alcanzar altos niveles de desarrollo. Pero lo medimos según las cifras de crecimiento, es decir, de cuánto gastamos. Y es ahí donde parte el problema. Una nación puede obtener altos índices de crecimiento porque aumentó su gasto en armamento, guardias y cárceles, debido a la delincuencia. El país crece pero no significa que se haya desarrollado. Por el contrario, si una nación decide recambiar su iluminación por ampolletas de bajo consumo para contribuir al medio ambiente, el gasto en electricidad caería ostensiblemente e incidiría en las cifras de crecimiento. Sin embargo, sería mucho más desarrollado.

Raya para la suma: gastar más nos hace crecer pero no ser más desarrollados.

Nuestra población, es decir, usted, vive endeudándose con tarjetas de crédito donde al cabo de 12 meses le cobran un interés que podría superar el 50% anual. ¿Se sentiría más desarrollado luego de un año? Es probable que haya crecido en lo material, pero créame, de desarrollo ni hablar.

¿Serán felices quienes reciban los objetos que le significaron el sacrificio de tener que buscarlo, del tráfago por encontrarlo y del pago por conseguirlo? Es probable. ¿Quedará desilusionado el que no recibió un obsequio? Sí, también es posible. Pero la pregunta que nunca nos hacemos es: ¿Será más infeliz un cercano si no recibe un regalo o si sabe que por haberlo conseguido usted tuvo que asumir un sacrificio monetario y de horas de trabajo extra para tener que pagarlo? No tengo duda de la respuesta.

Si el depositario del presente es alguien que le quiere, preferirá que usted no sea víctima de un sistema que nos conmina a demostrar afecto envuelto en papel con cinta. Si desde los niños entendieran que el amor no se expresa rasgando envoltorios sino aprovechando momentos de amor de quienes los quieren,  seguro que la realidad sería distinta.

Se puede buscar un equilibrio. Un “engañito” debajo del árbol siempre ayuda. Pero si para conseguirlo, el costo exprime la billetera y desgasta emocionalmente, el que compra y el que recibe el regalo seguro salen perdiendo. Del “engañito” se pasa al engaño y con mayúsculas.

La felicidad nunca se ha pagado en cuotas. Tampoco al contado. Lo saben los países desarrollados que hace rato vienen de vuelta del mercantilismo. En EEUU, al trabajador le sirve más un día libre extra al año que un buen aguinaldo. Por eso lograron imponer feriados a pesar de las presiones del comercio. Ganan menos, pero también gastan menos.

Chile está a medio camino. Conseguimos para los empleados del retail días de asueto durante las celebraciones del Bicentenario, pero a diferencia de casi todo Chile tendrán que trabajar el domingo 26. Y lo hacen porque el resto tiene regalos rezagados que comprar.

En el último capítulo de la serie “Los 80”, Ana, el personaje de Tamara Acosta, le decía a una amiga: “Ahora trabajo, gano plata, puse hasta teléfono en la casa, pero no sé si soy más feliz”.

El dinero ayuda, pero no nos hace más grandes. Tampoco más desarrollados. La pascua es más feliz para todos cuando crecemos en el cariño, no en el gasto. Que para la próxima Navidad no se nos olvide mientras estamos comprando.

Columna escrita para Publimetro

 

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