Sin salida

El eterno conflicto entre Chile y Bolivia tuvo esta semana uno de sus capítulos más controvertidos.  Según el diario Opinión de Bolivia, el presidente Evo Morales, solicitó al gobierno de Sebastián Piñera entregar una propuesta concreta a la demanda marítima de La Paz antes del 23 de marzo. “Ya es hora de que hayan propuestas concretas para debatirlas”, manifestó el Jefe de Estado.

No está fácil la cosa. Negociar con Bolivia es complejo, no sólo porque no tenemos relaciones a nivel de embajadas sino porque cualquier otro intento anterior ha derivado en el fracaso más absoluto. La historia entre ambos países así lo demuestra. Ya sabemos cómo se inició la Guerra del Pacífico.

Luego del tratado de 1874, Bolivia consiguió que Chile le reconociera una soberanía ilimitada sobre la costa. Como una parte de las salitreras quedó en territorio boliviano, nuestro país negoció que durante los siguientes 25 años no se le aplicaran más impuestos a la explotación del salitre, que contaba con capital nacional y que era trabajado por chilenos. Pero poco antes de ese tratado y sin que Chile lo supiera, Bolivia había acordado un pacto secreto con Perú y a poco andar, violó el convenio de 1874, aumentando los impuestos a las salitreras chilenas de Antofagasta. Y fue al término de un conflicto que, en la práctica, Chile no buscó, cuando Bolivia perdió ese litoral.

Años más tarde, en 1895, ambos países firmaron otro acuerdo que le devolvía la salida al mar a Bolivia. Nuestra promesa fue que le entregaríamos Tacna y Arica. En caso de no poder cumplir ese compromiso, se le traspasaría la caleta Vitor hasta la quebrada de Camarones u otra que fuera equivalente. Sin embargo, el país altiplánico exigió una serie de otras “cortesías”, las que fuimos aceptando una tras otra y año tras año. Pero las cosas no resultaron porque La Paz seguía pidiendo nuevas condiciones y nunca llegó a firmar el acuerdo. Fue en 1897 cuando nuestro Presidente Federico Errázuriz Echaurren decidió decir no a tanta exigencia.

Ojalá la historia hubiese quedado ahí. En 1902 y luego de que Chile y Argentina firmaran un tratado general de arbitraje, Bolivia, que se sentía desamparada y al margen, aceptó suscribir una paz definitiva que la dejaba sin salida al mar pero a cambio recibía de nuestra parte una serie de beneficios, entre ellos el ferrocarril Arica-La Paz, convenio que Santiago cumplió religiosamente a partir de 1904.

¿Qué pasó entonces? Pues bien, que Bolivia desconoció todo. En 1910 su canciller dijo que “Bolivia no puede vivir aislada del mar” y tres años más tarde, el ex presidente Ismael Montes, el mismo que firmó el pacto de 1904, pidió que le cediésemos Arica.

Uno de los últimos esfuerzos fue en 1975,  con el famoso convenio de Charaña, pactado en la localidad fronteriza del mismo nombre entre Augusto Pinochet y Hugo Banzer. Ese concilio nos ayudaría a reanudar las relaciones y establecía el canje de 3 mil kilómetros cuadrados bolivianos por igual superficie chilena. Sería el famoso corredor para Bolivia, que confluía en el Pacífico.

La transacción se malogró porque Bolivia intentó enmendar lo negociado, al principio ofreciendo un territorio fragmentado en lugar de continuo y luego, retirando la oferta del trazo y a cambio pagándole a nuestro país por el corredor. Al final lo pidió gratis. Las negociaciones se frustraron. Eran tiempos en que Argentina estaba enfrentada a Chile por el Canal del Beagle y, por lo mismo, animaba a La Paz a exigir salida al Pacífico. Tanto así, que el Almirante trasandino Emilio Eduardo Massera, de visita en el Altiplano, dijo que “hay un mar antiguo (…) que anda recorriendo la historia esperando reencontrarse con Bolivia”.

Justo cuando en 1978 Argentina rechazaba el fallo inglés que casi nos lleva a la guerra con ellos por el Beagle, Bolivia solidarizó con ellos y, molestos con Chile por las abortadas negociaciones, retiró a su embajador en Santiago. Sin embargo, Chile y Argentina superaron su diferendo gracias a una mediación del Vaticano. Bolivia en cambio, quedó marginada.

Como vemos, negociar con ellos no ha sido fácil. Menos lo será si, a pesar de una eventual voluntad del actual Gobierno chileno, Bolivia pretende hacerlo presionando con plazos y condiciones. Además, no se debe olvidar lo más importante. Incluso si quisiéramos, una salida soberana al mar para Bolivia que no corte a nuestro país en dos, atravesará necesariamente por ex territorio peruano y según el Tratado de 1929 con este país, necesita sí o sí de su consentimiento. Bolivia necesita primero la autorización peruana. ¿La tiene? Sabemos que no. ¿Para qué hacernos perder el tiempo otra vez?

Columna escrita para Publimetro

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