Esa madrugada

Mi padre siempre ha sido un hombre precavido. No es de los que deja cosas al azar. No confía en el destino. Es un firme creyente de la filosofía del boy scout, “siempre listo”. Se le nota en cada detalle. Más cuando se trata de sus hijos. Por eso no me sorprende que se prepare tanto cada vez que me recibe en su casa, especialmente la de la playa, una especie de refugio escondido en un bosque, que se empina sobre un cerro y con una vista increíble al mar de Algarrobo.

Hace justo un año llegué allí para que pasáramos juntos el último fin de semana del verano. Se lo había prometido. No había podido hacerlo antes. Un nuevo trabajo me había dejado sin vacaciones.

Allí estaba, esperándome con todo listo. Televisor encendido y el Festival de Viña de fondo, aperitivo, comida en el horno y unos cachos. El “dudo” siempre fue nuestro juego favorito. Mi hermana menor, su marido y sus tres hijos también estaban con él. Al llegar sentía que un fin de semana con ellos se me haría insuficiente. Jamás pensé que sería incluso menos que eso.

Habíamos comido, tomado bajativo, jugado hasta perder la dignidad frente al maestro del “dudo” en la familia -mi ahijado José Ignacio- y criticado al Festival por traer de nuevo a los mismos de siempre.

Era muy de madrugada cuando nos fuimos a dormir, felices. La primera de dos noches de mis cortas vacaciones había sido tal como la había imaginado.

Menos de 15 minutos después un temblor nos despertó a todos. Recordé el pánico que mi hermana Rosario le tiene a los movimientos de la tierra. De temblor pasó a terremoto y esos dos minutos y medio fueron una eternidad de angustia para ella.

Corrió fuera de la casa buscando protección entre los árboles del cerro hasta que logré detenerla en la entrada. En medio del caos pensé en lo obvio: “es la casa de mi papá. Si hay algo de lo que estoy seguro es que la construyó firme”. Ahí nos quedamos. Todos en la puerta. Nunca olvidaré su llanto de aflicción. Tampoco el de sus hijos. No se olvida nunca el dolor de los tuyos cuando, además, no sabes cómo calmarlo.

Las siguientes réplicas eran nuevos terremotos para ella. Cada una eran un suplicio y un calvario. Pero al menos nos tranquilizaba saber que ahí estaba mi padre. Preparado como siempre. Linternas en cada rincón de la casa y una radio a pilas. Fue nuestro primer contacto con el mundo exterior. A los pocos minutos empezamos a saber que si para nosotros el temblor había sido duro, en el sur parece que había sido desolador. Concluí que debía volver a Santiago. La radio en la que trabajo me esperaba y, con el dolor que me producía dejar así a mi hermana, tenía que hacerlo.

El destino, ese mismo en el que mi papá no confía, quiso que nunca perdiera señal de celular. Al poco rato pude saber que el resto de mi familia estaba bien. Pero José Miguel, otro de mis hermanos, mi mejor amigo y compañero de departamento, estaba solo e inquieto. Tenía que ir por él.

Con el evidente riesgo de viajar a ciegas sin saber del estado real de las carreteras, volví a la capital. Con el corazón en la mano y los ojos bien abiertos tomé el auto y regresé. El trayecto de Casablanca y la ruta 68 con destino a la capital se veía normal. Lo mismo la Costanera Norte. Hasta que el corte de un tramo de la autopista a la altura de Petersen hizo volar mi auto un par de metros. Salvo el susto y un amortiguador roto, no paso nada.

Nunca perdí mi señal de celular. Por lo mismo pude iniciar mi trabajo para la radio desde que me subí al auto. Transmití todo lo que veía a mi alrededor durante el viaje. Algunos pocos datos que pude obtener reporteando antes de emprender retorno y la presencia de mi compañera Cony Stipicic en el estudio de Radio Duna me ayudaron también a mantener esa transmisión.

Recogí a mi hermano y lo llevé conmigo a la radio. Fue nuestro improvisado pero muy eficiente productor durante esa madrugada. Juntos fuimos poniendo luz a una noche oscura y llena de incertidumbre. Conocimos de los daños en Santiago y, con mucha dificultad, de lo que había pasado en el sur. Cada dato era más impactante que el otro.

De viaje en Chicago por trabajo junto a su mujer, mi amigo Fernando Paulsen vivía horas de desesperación. No podía contactar a sus hijos que estaban al cuidado de los abuelos. Un mensaje directo suyo a mi Twitter pidiendo ayuda representaba la incomunicación que afectaba a buena parte de los chilenos.

Un par de horas más tarde pude contactar a los hijos de Paulsen y saber que estaban asustados, pero bien. Se lo hice saber y aproveché de informarle de los primeros antecedentes oficiales que hablaban de un maremoto en Juan Fernández y de decenas de muertos en el Biobío.

“Pero, ¿cómo?”, me respondió. “¿No habían descartado el maremoto?”. Su pregunta simbolizó el caos y descoordinación que reinaba esa madrugada. Todo parecía improvisarse y de mala manera. Y me recordó a mi padre, hombre siempre organizado, de quien tantas veces nos burlamos por su exceso de linternas y su vetusta radio a pilas.

Ha pasado un año y hasta la ONU le ha dicho a Chile que no hemos corregido ninguno de los errores y que otro terremoto pillará a los organismos de emergencia igual de mal parados. Algunos pocos nacieron organizados y desconfiados del azar. Otros muchos viven creyendo más en el destino que la anticipación. Qué suerte tengo de que mi padre esté entre los primeros.

Columna escrita para Publimetro.

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