No me ayude tanto, compadre

Por más cifras y datos que se pongan sobre la mesa, ninguno de los balances que se hagan respecto del primer año de Gobierno de Sebastián Piñera serán completamente objetivos. Siempre habrá algo que por error o de manera voluntaria se dejó de mencionar, lo que desequilibra la balanza. Más si a las administraciones se les califica por la totalidad de su período y no un cuarto de él. Por lo mismo evaluarlo se hace complejo. Lo que en cambio sí se puede mirar es qué ha faltado por corregir. Y ahí no hay dónde perderse: las disputas al interior de la Alianza por Chile no están ayudando para nada al mandatario.

En el último mes Renovación Nacional y la UDI han mostrado públicas distancias y marcadas disputas en dos controvertidos episodios: Jacqueline Van Rysselberghe y la alcaldía de La Florida. En el primero, varios parlamentarios RN han evaluado apoyar la acusación constitucional contra la Intendenta UDI y, en el segundo, el partido de Carlos Larraín se ha mostrado reacio a apoyar al concejal gremialista Rodolfo Carter como nuevo edil de la comuna.

¿La verdad? Nada nuevo. Si las reyertas son consustanciales a los pactos y alianzas políticas -la Concertación tuvo varias y muy publicitadas-, en la Alianza los roces y disputas vienen de fábrica.

Empezaron a fines de 1987, cuando las desavenencias entre dos históricos de la derecha, Sergio Onofre Jarpa y Jaime Guzmán, llevaron a este último a formar su propio partido, la UDI. Fue esa misma colectividad la que, años después, le otorgó militancia a Evelyn Matthei tras su renuncia a RN luego del caso del espionaje telefónico que tuvo a Piñera como otro de los protagonistas y que echó por tierra las pretensiones presidenciales de ambos.

Historias de discordias entre ambas colectividades hay en abundancia. Una de las que más duele aún en RN tuvo lugar en 1993. En la convención presidencial de la Alianza, ese partido presentó a Manuel Feliú como candidato, pero Jovino Novoa lo reemplazó con un candidato de su propio sector, Arturo Alessandri.

Más fresca en la memoria está la contienda senatorial de 1997, cuando Carlos Bombal y su “campaña de las drogas”, avalada por la denuncia de consumo de estupefacientes dentro del Congreso de Francisco Javier Cuadra, le propinó una sonora derrota a Andrés Allamand en la circunscripción Santiago Oriente. Fueron años en los que Joaquín Lavín, entonces alcalde de Santiago, se proclamó candidato presidencial. Aunque no ganó frente a Ricardo Lagos en 1999, obtuvo un sorprendente resultado. De ahí en más la UDI comenzó a generar utilidades electorales que movilizaron a cientos de miles de votantes. En las parlamentarias del 2001 fue el partido más votado de Chile y superó largamente a su socio de pacto. Fue ese mismo año cuando, en una conversación cuyos detalles nunca se conocieron, Lavín bajó a Piñera de la candidatura a Senador por la Quinta Región Costa, favoreciendo la postulación del candidato UDI, el recién renunciado Comandante en Jefe de la Armada, Jorge Arancibia.

Renovación se sentía disminuido. Se agregaba a eso la cada vez más marcada distancia en dos temas que por años los habían mantenido cerca: Pinochet y la agenda valórica. RN se alejó de la figura del ex dictador mucho antes que la UDI y ya había permitido al interior de sus filas opiniones de diversidad en temas como el divorcio y la píldora del día después. Al partido de Jaime Guzmán no les gustaba la gracia.

Llegó luego la elección del 2005. Lavín volvía a intentarlo pero apareció en su camino Piñera. La revancha RN quedó registrada en la papeleta de segunda vuelta, cuando fue él y no el ex alcalde quien compitió con Bachelet. Eras tiempos en que, además, las relaciones de ambas tiendas se publicaban más en las páginas policiales que políticas, a partir de la denuncia de la RN María Pía Guzmán y que terminó por involucrar sin ninguna prueba al UDI Jovino Novoa en las ilegales fiestas sexuales de Claudio Spiniak.

Y así se han ido. La nominación de Nicolás Monckeberg (RN) por el distrito 21 de Providencia y Ñuñoa, donde Rodrigo Álvarez (UDI) era la carta segura tras la salida de Marcela Cubillos, dolió mucho en el gremialismo. Fue ese el hecho que llevó a Pablo Longueira a desvincularse del comando de Piñera en la pasada elección presidencial, en un claro gesto político. Desde entonces casi no hablan. Y podríamos seguir. Con el de Van Rysselberghe y La Florida se están escribiendo los últimos capítulos de una saga larga y accidentada. Pelearse estando en la oposición es una cosa. Hacerlo cuando se está en el Gobierno, otra muy distinta. La Concertación tuvo sus propias y muy duras historias de desunión y disentimiento, pero eran cuatro los partidos que la componían. Si la coalición que sustenta a un Gobierno la conforman sólo dos, la cosa se puede poner harto más compleja.

Columna escrita para Publimetro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s