Chile en deuda

Era ya de madrugada en el comienzo de un sábado de noviembre pasado. En España, pasaban de las 4 a.m. Al otro lado del teléfono y desde Madrid, un amigo lloraba sin consuelo posible. Mirando por el balcón de mi departamento en Santiago, no me quedaba más que acompañarlo a la distancia y escuchar su inagotable pena. Fueron 40 minutos de llanto puro. Ninguno de los dos podía creer que todo hubiese quedado en nada. Horas antes, el juez del décimo Juzgado del Crimen de Santiago, Leonardo Valdivieso, había cerrado el caso contra el sacerdote Fernando Karadima sin haberlo procesado. Ni siquiera había accedido a carear al denunciado con las víctimas. Una de ellas estaba al otro lado de mi celular sollozando sin poder contener su amargura. Era un dolor imposible de no comprender. Yo fumaba y oía. El lloraba y su pena me lo decía todo.

El destino cruzó mi vida hace ya tiempo con dos de los cuatro denunciantes del ex párroco de El Bosque. Para el país son los protagonistas de una de las noticias de más alto impacto que Chile haya escuchado. Para mí son mucho más que eso. Personas cercanas. Amigos. Amigos marcados por su historia. Tipos valientes pero llenos de tormentos. Por lo mismo, esa proximidad hizo que comprendiera la totalidad de su historia. Chile había quedado conmovido con el reportaje de “Informe Especial” que hacía público el caso. Pero lo visto por las pantallas de TVN era sólo la punta de un iceberg cuya helada realidad me había tocado sentir mucho más de cerca con el relato personal que estos golpeados amigos me habían hecho.

Hablo del tiempo en que uno de ellos no se atrevía a ir de compras a un mall por temor a que lo insultaran. De la época en que el otro temía perder su trabajo por la presión de grupos poderosos que estaban dispuestos a todo por proteger a un cura abusador. Y aunque cruzaron el límite del silencio y sacaron la voz para pedir a la Iglesia que apartara a Karadima de niños y jóvenes, sentían que la espalda era lo único que esa misma Iglesia les estaba dando. Por eso no esperaban nada de los que se hacen llamar los representantes de Dios en la tierra. Pero en cambio, confiaban en algún gesto de los tribunales. El fallo del Juez Valdivieso fue una patada en el suelo.

Contra todo pronóstico, incluyendo el mío, la ignominia y bajeza a la que fueron sometidos no les arrebató la fuerza. Esperaron, como lo venían haciendo hace años, algún ínfimo grado de justicia. Hasta que llegó la resolución del Vaticano que apartó a Karadima de su Iglesia y lo confinó donde justo no quiere estar: solo, sin poder alguno y sin menores rodeándolo. Un respiro de alivio aunque no de suficiente consuelo. Faltaba que la sociedad corrigiera las humillaciones que se cometieron con ellos.

Uno de ellos viajó a Chile desde Estados Unidos, país al que corrió a refugiarse intentando huir de lo que nunca se puede escapar, para exigir justicia. El otro, y a riesgo de recibir más presiones, volvió a dar la cara y denunciar lo que muchos preferían no escuchar: acusó al ex Arzobispo de Santiago, monseñor Francisco Javier Errázuriz, de ser un criminal. Dijo que el 2004 tuvo las denuncias en sus manos y no hizo nada. Los mantuvieron en vilo durante 5 años, tiempo en que prescribieron los delitos civiles. El crimen fue que no sólo no los escuchó, sino que no frenó lo que estaba pasando. Habló de otros encubridores, entre ellos los obispos Koljatic, Barros, Valenzuela y Arteaga. Denunció a un miembro de la familia Matte como parte de la red de protección de Karadima. Y removió las conciencias con su relato sobre cómo temió que su hijo fuese víctima de las mismas atrocidades que él debió soportar.

Hace una semana, Chile ya no los mira igual. Si había una sensación de que muchas cosas se hicieron mal y que hubo desidia de parte de la Iglesia por investigar, desde ahora la convicción general es que aquí hubo ocultamiento, protección y complicidad más allá de lo permitido. Por fin lo entendió así la justicia, que designó a un ministro especial para que investigue las múltiples aristas del caso.

Dios, el destino o quién sabe qué, quiso que esos dos amigos, Juan Carlos Cruz y James Hamilton, viviesen una pesadilla permanente para que en Chile se destaparan los casos de abusos en la Iglesia. Hechos que se han repetido en el mundo y que, mientras allá son indagados y castigados, aquí estaban pasando bajo cuerda. Si su misión en esta vida fue sufrir para evitar luego el sufrimiento de otros, no dudo que ellos, junto a Juan Andrés Murillo y Fernando Batlle, habrán sentido que el precio fue tremendamente alto, pero de algo sirvió pagarlo. Chile se los debe. No nos olvidemos nunca de eso.

Columna escrita para Publimetro

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