El “pecado” de la prensa

Por años se ha dicho que los medios de comunicación en Chile abordan las noticias dependiendo mucho del escenario social en que se generen. Se argumenta que se debe al poco espesor de la discusión en sí misma, porque la mirada de los medios es uniforme -todos se parecen mucho entre sí– o bien porque es el mero reflejo de cómo reacciona la sociedad frente a sucesos dependiendo de dónde ocurren.

Pero se ha insistido mucho en que a los protagonistas de una noticia equivalente no se les trata de igual forma. Por ejemplo, si una familia es víctima de un hecho delictivo en una comuna de estrato popular, no falta quien dirá, a veces con justa razón, que sus nombres y rostros se divulgan sin cuidado alguno. En cambio, cuando un hecho similar afecta a una familia de los sectores más acomodados de Santiago, se critica porque ahí esos mismos medios resguardan su identidad con iniciales, las cámaras no ingresan al domicilio y generalmente se cubre el rostro del o las víctimas.

Cuando el delito lo comete alguien de pocos recursos, su historia completa se hace pública mucho más rápido que cuando la fechoría la perpetra un empresario. Los adjetivos que faltan en el primero, sobran en el segundo: probable, posible, supuesto, etc. No se dicta cátedra en esta columna porque ese error lo cometemos todos.

Si bien esa crítica tiene bastante asidero y ocurre más habitualmente de lo que debiera, tiene varias salvedades y una en particular muy evidente: cuando de miembros de la Iglesia Católica se trata, la historia aparece en la prensa con todos los detalles y, mientras más influyente y protegida está esa figura, mayor es la profusión al momento de publicar los pormenores.

Encontrar en la prensa abundancia de antecedentes sobre ejecutivos que han abusado de sus trabajadores no es fácil. Sí lo es en cambio cuando se trata de un sacerdote bien ubicado ante la “jerarquía social”. Hay muchas razones del porqué. Seguramente en el primer caso, el ejecutivo representa a una empresa cuyos intereses comerciales el medio de comunicación preferiría no tocar para no perder en inversión publicitaria. Condenable. Cuando se trata de la Iglesia, en cambio, revelar antecedentes que la involucren importa menos porque ya no tiene la misma influencia que antes sobre la prensa.

Más allá de los argumentos que lo expliquen, lo interesante de este fenómeno es la cantidad de casos de abusos cometidos por conocidos representantes de la Iglesia que han salido a la luz pública en los últimos años gracias al rol de los medios.

Monseñor Francisco José Cox fue el primer sacerdote de las altas esferas eclesiásticas de nuestro país en ser acusado de conductas impropias con menores de edad. Su comportamiento era vox pópuli en La Serena, pero Cox no fue procesado por la justicia canónica ni ordinaria. Sin embargo, gracias a las denuncias aparecidas por la prensa, al menos se le puso término a su labor pastoral y fue confinado en noviembre de 2002 en un santuario de Schoenstatt.

El sacerdote José Andrés Aguirre Ovalle, el cura Tato, era muy conocido en colegios del sector oriente, entre ellos el Villa María. También se sabía en la Iglesia de sus prácticas poco católicas y a pesar de existir denuncias en su contra, el único “castigo” fue enviarlo a Honduras para “sacarse el demonio”. Lo instalaron en Quilicura, donde siguió ejerciendo en colegios. Sólo enfrentó la justicia cuando las imputaciones aparecieron en los medios. Hoy cumple una condena de 12 años de cárcel por 10delitos de abusos sexuales contra menores y uno de estupro.

El caso del sacerdote Fernando Karadima ha sido largamente analizado en estas columnas. De su proceder en la parroquia de El Bosque vinimos a saber gracias a la valentía de cuatro denunciantes que se atrevieron a dar la cara en los medios. Su historia está en pleno desarrollo. Quién sabe cómo termine.

En todos los casos hay cuatro elementos coincidentes. El primero es la  personalidad de los abusadores. Carismáticos, proactivos y cautivadores. Lo segundo es que estaban rodeados de poder. El tercer elemento fue la rapidez con la que encontraron connotados abogados defensores. Y el cuarto es que gracias a la profusa divulgación que la prensa hizo de las denuncias que la Iglesia mantenía en las sombras, pudimos conocer de sus delitos.

Por estos días hemos sabido de las acusaciones que recaen sobre la madre Paula Lagos, ex superiora del Monasterio de las Ursulinas. La investigación periodística y no la transparencia total del Vaticano han permitido conocerlas. Dicen en Roma que fue apartada del cargo y enviada a Alemania. No está del todo claro.

Será, obvio, la misma prensa y no la Iglesia la que seguramente nos dirá qué hizo y dónde está realmente. Porque es cierto que los medios a veces tratan con demasiado cuidado a personajes influyentes. Afortunadamente al menos en historias como esta, no es el caso.

Columna escrita para Publimetro

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