Palavras con herrores

No sé cómo se lo habrá tomado, pero intuyo que mal. Es probable que nunca me lo diga, y entenderé sus motivos. Pero de seguro él entendió los míos y la razón del porqué lo hice. No es una obsesión, pero casi.
Cada vez que mi buen amigo Claudio me escribía algún mensaje por Messenger o por Twitter, yo le corregía sus faltas de ortografía. No voy a mentirles. No eran pocas. Pero tampoco pretendo exagerar. No eran más que el promedio que el chileno se anota cada vez que redacta algo.Mi espontáneo rol de educador era muy simple. Consistía en tomar la(s) misma(s) palabra(s) mal escrita(s) e incorporarla(s) en mi mensaje de vuelta, pero con las correcciones ya hechas. Al principio, nada. Ni se percataba. Volvía a usarlas con la misma falta. Hasta que le dije. Y fue entonces cuando empezó a preocuparse. Pero llegaba luego el siguiente término mal escrito y, así, sucesivamente.

Claudio ya casi no me escribe. Quisiera creer que es por ese motivo. Intuyo que no, pero esa es otra historia. En fin. Su lenguaje, como el de casi todos los que no se ganan la vida administrando palabras, equivale al promedio del ciudadano actual. Un ciudadano que, a ojos de puristas del idioma y especialmente escritores, está cada vez más atomizado.

Muchos, sin embargo, se deshacen en explicaciones para intentar convencer a los críticos de que “el lenguaje está en constante evolución”. Y no mienten. Usar el término “hubieron” era una aberración. Hoy es aceptado oficialmente. Ejemplos como ese sobran. Lo que ahora nos parece muy incorrecto dentro de un tiempo puede ser la norma.

El problema para los más pulcros del lenguaje no es sólo el cómo se escribe sino con qué palabras se define lo que se quiere comunicar. En esa batalla entró esta semana el Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa, quien considera que los jóvenes que acortan las palabras y vulneran las reglas gramaticales en los chats de Internet o en Twitter y Facebook piensan “como un mono”. Dice Vargas Llosa que Internet terminó con la gramática. “Si escribes así, es que hablas así; si hablas así, es que piensas así, y si piensas así, es que piensas como un mono”.

Contradecir a un Nobel es un suicidio. Pero hemos discrepado en estas columnas hasta con el Presidente de la República. Podremos hacerlo, supongo, con un literato.

Don Mario, la juventud y lenguaje formal nunca han ido de la mano. Se tratan, más bien, a la patada y el combo. Ustedes, garantes de la pulcritud literaria, embellecen el idioma con textos y frases que difícilmente saldrían de boca de un adolescente. Pero eso no les hace a ellos tener reflexión de simio.

Sin duda el estándar lingüístico de las actuales generaciones está menos desarrollado que el de los adultos, pero precisamente porque son jóvenes. Es un problema que, como tantos otros, se quita con la edad. Y a lo mejor a ese púber no le llegue mejor salud gramatical de adulto, pero eso no significa que no se le entienda. Menos, que piense como animal.

Quizás esta otra reflexión enfurezca todavía más a los amantes de la lengua y el estilo, pero no por eso es menos cierta. Nunca antes los jóvenes habían escrito tanto en su vida que ahora. Es cierto. Ya no redactan de la forma tradicional. Pero igual escriben. No toman apuntes como se hacía antes. Tampoco escriben cartas, no desarrollan ideas a mano, ni usan los mismos soportes que antes, pero escriben.

No en papel, sino en computador o celular. No aplican en caligrafía, pero sí en velocidad con los pulgares. No son expertos en conjugar verbos, pero inventan novedosas abreviaturas. Y, contrario a tanto vetusto prejuicio, tienen un vasto desarrollo de sinónimos y sustitutos léxicos, en especial en los campos que son de su interés: el ocio, los juicios de valor, la descripción de otras personas y especialmente el sexo. Lo que a muchos les parece ignorante y frívolo, no es otra cosa que un lenguaje lúdico y vivo.

Puede que Vargas Llosa no lo entienda (o puede que aceptarlo perjudique su negocio), pero hay que saber distinguir que publicar un libro no es lo mismo que escribirle un mensaje a un amigo. Redactar un correo electrónico no es lo mismo que una conversación vía Messenger. El cómo se digan las cosas, cambia. Lo que se dice, se mantiene intacto. Son formas. No más. Pero tampoco menos.

Además, siendo justos, somos nosotros los que no los comprendemos. Los jóvenes en cambio sí entienden lo que nosotros decimos. ¿A quién le corresponde entonces hacer el esfuerzo? A nosotros. Como lo hice yo, corrigiendo errores en Messenger y Twitter. No sé si me lo agradecerá o pensará que hice el loco. Pero le tengo fe a Claudio, mi amigo que, por supuesto, en realidad no se llama así. Ya casi no me escribe.

Echarlo al agua con su verdadero nombre sería privarme de sus inocentes faltas de ortografía. Y no, don Mario, créame que no piensa como mono.

Columna escrita para Publimetro.

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