Cachando nada

Tenía 26 años. El último trabajo que pudo encontrar era vendiendo frutas. Pero le iba mal y las oportunidades de subsistir le eran escasas y muy sacrificadas. No pudo más con su vida hasta que tomó la peor de las decisiones. En la misma plaza en la que tenía su precario puesto de ventas, se roció con bencina y se prendió fuego. Agonizó 19 días en un hospital hasta que murió. Su caso impactó tanto que otros como él y muchos de edades y realidad social muy distinta salieron a las calles a protestar. Comenzaron una revuelta que obligó al presidente de ese país a renunciar. 

Esa historia ocurrió en Túnez hace unos meses. Desde entonces, ese ejemplo de revolución ciudadana encendió los ánimos de miles de personas en Argelia, Libia, Egipto, Yemen, Gaza, Jordania y el Líbano. Cientos de miles han sido reprimidos, pero ahí están, movilizados sin dar el brazo a torcer. Quieren cambios. Como lo están haciendo también los españoles. Partieron siendo apenas 20 jóvenes acampando en una plaza de Madrid. Hoy son miles por todo el país y las protestas se multiplican en varias otras ciudades europeas. La realidades sociales y políticas de esas naciones son distintas, pero el reclamo es el mismo: ser escuchados y atendidos.

En la últimas semanas, las principales ciudades de nuestro país han sido escenario de varias protestas cuyos motivos son diferentes pero que tienen un fondo común y con protagonistas de perfil similar: son jóvenes -de edad o espíritu-, no se compran el discurso oficial, exigen que sus ideas estén arriba de la mesa de decisiones y piden transformaciones de fondo. No les gusta el proyecto de HidroAysén y lo hacen sentir. Emplazan a la autoridad pidiendo cambios a la educación y no se conforman con promesas vagas. Reclaman respeto por los pueblos originarios y no quieren seguir oyendo anuncios que nunca se concretan.

Todos estos manifestantes, allá lejos en el norte de África, en el sur de Europa o aquí en Chile, se organizaron de la misma manera. Utilizan las redes sociales para darle un sentido movilizador. Discuten, intercambian opiniones, fijan día y fecha y se congregan en torno a una causa. Tienen en el fondo un mismo lenguaje.

La expresión ciudadana siempre es útil. Pero sirve cuando las autoridades saben reaccionar frente a ella. No para intentar disuadirla, reprimirla o acallarla, sino para mejorar su sintonía frente a lo que inquieta a sectores movilizados. Si la autoridad no entiende el lenguaje de hoy -y no estoy hablando solamente de las formas- significa que mal puede proyectar los temas que interesan a las nuevas generaciones. Más del 80 por ciento de los jóvenes no vota, pero si se aprueba el proyecto de ley de inscripción automática, el universo electoral crecerá de golpe. ¿Cómo los van a convencer de votar por ellos si no saben interpretarlos?

El notable paro de los pingüinos de hace unos años nos dejó mucho más que un simple par de proyectos de ley. Nos demostró lo desconectados que están nuestros líderes con la realidad de las nuevas generaciones. Los escolares llevaban dos años reuniéndose, aburridos de lo poco y nada que les deja el sistema educacional. Nadie fue capaz de percatarse que se estaba germinando un movimiento que terminó por doblarle la mano al Gobierno de Bachelet. Eran jóvenes que paradójicamente no tenían edad para votar, pero que sabían tanto o más de nuestra realidad que viejas glorias de la política. Cabros que no tenían edad para tomarse una piscola en un pub pero que pusieron en jaque a la autoridad de turno. Y eso pasó porque nadie se dio cuenta que este movimiento se estaba gestando. Lo mismo ocurre hoy. ¿Por qué? Porque a nuestros líderes no les interesa o, más simple todavía, porque no los escuchan y por ende, mal pueden entender en qué están, qué cosas necesitan, qué les falta y qué les sobra.

El alto consumo de cigarrillos y la abundancia de alcohol y drogas entre los jóvenes figura ahora como una supuesta preocupación nacional, pero nadie se detiene a pensar el porqué son buenos para el trago, el pucho y los pitos. La respuesta es simplemente triste: nuestra “casta de líderes” está solucionando los problemas de ayer y no mirando los posibles escenarios de mañana. Y es por culpa de ellos que buena parte de la masa crítica se compró tan barata la idea impuesta por el “Chino Ríos” de que, como él, los jóvenes no están ni ahí. Sí, sí están. El problema es que nadie parece verlos.

Ahora que decidieron tomarse las calles ojalá los vean y escuchen. Por último por conveniencia. Son esos mismos jóvenes los que decidirán las elecciones del 2012 y 2013. Es verdad que no se gobierna de cara a las presiones, pero mucho menos de espalda a lo que la gente quiere y espera de sus autoridades.

Columna escrita para Publimetro.

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