Carta abierta a mis sobrinos

Clemente está por nacer. Rosario, su madre, ya tiene tres hijos. Con 12 años José Ignacio entiende mucho de lo bueno y lo malo de su colegio. Florencia, con 6, está aprendiendo, y Trinidad, de apenas 3, se prepara para conocerlo. María Angélica, tiene dos niños. Jorge Andrés, también de 12, es quizás el más esforzado alumno de su curso y María de los Ángeles, de 4, empieza a dar sus primeros pasos en ese mundo. Ambas madres son mis hermanas y a sus hijos -mis sobrinos- escribo esta carta abierta que espero que lean cuando ingresen a la universidad:

Queridos sobrinos: Sé que este tema lo habremos conversado muchas veces. No dudo de las preguntas que me habrán hecho antes de decidir qué y dónde estudiar. Espero que ahora que están tomando esa importante decisión, las cosas hayan cambiado. Les voy a explicar por qué.  Escribo esta carta en un momento especial de nuestro país. Es una época en la que cientos de miles de estudiantes, tanto escolares como universitarios, han decidido protestar. Se manifiestan porque sienten que la educación en Chile, tal cual como está, discrimina, reproduce las diferencias de clases, los endeuda y no les enseña bien.

 

Los estudiantes de básica y media se quejan por la baja calidad del sistema educativo. No importa si están en un colegio público o privado. es un problema que cruza todos los sectores. Los más pobres van a un tipo de colegio. Los que tienen un poco van a los particulares subvencionados o municipalizados y los con más renta a los particulares pagados. Ustedes tuvieron la suerte de asistir a estos últimos, pero saben incluso mejor que yo que eso no les garantizó mucha mejor calidad de enseñanza. Créanme si les digo que fueron afortunados. Los que menos recursos tuvieron para estudiar, aprendieron poco y nada.

 

Espero que cuando estén leyendo esta carta, las cosas hayan cambiado. Y no sólo en los colegios. También en las universidades, que es el lugar que seguramente habrán escogido para seguir sus estudios.

 

Mientras les escribo veo por televisión cómo también siguen reclamando los universitarios. Piden más recursos para la educación superior. Y tienen razón. Pagan una brutalidad y aún así no tienen garantías de obtener un título que lo valga. El 80% de lo que cuesta una carrera lo ponen las familias. En países desarrollados el Estado pone el 75%. Y si bien, al momento de escribirles, 7 de cada 10 estudiantes que están entrando a la universidad son primera generación de su familia en hacerlo, es verdad que de ellos la mitad deserta. Lo hacen porque no pueden pagar, porque se ven obligados a trabajar o porque la calidad que les prometieron no se cumplió.

 

Quiero creer que la realidad es diferente cuan­do estén revisando estas líneas. Hoy al me­nos, del 10% más pobre de nuestro país, sólo 2 de cada 10 jóvenes pueden acceder a la educación superior. Del 10% más rico, lo hacen 9 de cada 10.

 

Sé que esto que les cuento es triste. Ojalá les suene a un pasado muy lejano porque al menos ahora, de los que logran terminan la carrera, el 60% no encuentra trabajo asociado a su título. Y no lo encuentra porque no hay plazas disponibles o porque se les discrimina por la universidad en la que estudiaron.

 

Si eso les sorprende, imaginen esto otro: uno de cada 4 estudiantes que termina su carrera debe pagar el 40% de su sueldo durante los siguientes 20 años. Para colmo, probablemente trabajando en algo distinto a lo que estudió.

 

Todo partió mucho antes de que incluso yo pensara en mi futuro profesional, a comienzos de los años 80. Un cambio constitucional le entregó a los privados las posibilidad de brindar educación porque el Estado, pobre en aquellos años, no daba abasto. Y aunque el sistema parecía dar resultados, hizo agua cuando el mercado tomó las riendas y transformó la educación en una mercancía. Ha habido buenos administradores privados de la educación pero muchos muy malos, que aún cuando debían reinvertir las utilidades que obtuvieran -no se les permitía lucrar con la enseñanza- encontraron fórmulas para quedarse con la plata.

 

Los estudiantes han pedido fortalecer al sistema público. Los escolares exigen que los colegios públicos dejen de están en manos de las municipalidades porque no saben o no pueden manejarlos. Y los universitarios, que no se siga monopolizando al sector privado. Imaginen que hoy las universidades públicas como la Chile, tienen prohibido legalmente crecer más del 6% anual y tampoco se les permite endeudarse más de 4 años (o lo que dure el período presidencial). El sistema estatal está comprimido de regulaciones mientras que el privado está liberado de esas riendas y su calidad promedio deja mucho que desear.

 

Si van a estudiar pedagogía, ruego que las cosas no sean como ahora. Además de ser poco respetados, de haber aprendido lo básico y ganar un sueldo escuálido, los profesores abundan en el mercado. Se titulan 15 mil y sólo se contratan 4.500 por año. Ese escenario se repite en casi todas las carreras.

 

La realidad que les describo no es alentadora. Pero tengo fe en que cuando estén decidiendo sobre su futuro, Chile haya conseguido terminar con la segregación social, inequidad, mala calidad, alto costo y abusos de nuestro sistema educativo. Lo conversaremos en detalle cuando terminen de leer esta carta. Porque los quiero, espero que así sea.

Columna escrita para Publimetro.

 

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