Oportunistas

Los cálculos coinciden en la misma cifra: siete de cada 10 personas que marcharon ayer y el miércoles en el país eran estudiantes. Los tres restantes eran adultos. Esto quiere decir al menos dos cosas. La primera y más obvia es que el movimiento social sigue estando liderado por los jóvenes y que las reivindicaciones por una mejor calidad de la educación se mantienen en el primer lugar de las exigencias ciudadanas.

La segunda da cuenta del evidente fracaso que tuvo la convocatoria de la Central Unitaria de Trabajadores. La paralización laboral fue casi nula y nadie garantiza que esos tres adultos de cada 10 movilizados haya salido a las calles a apoyar a la CUT. Bien pudieron haber estado avalando al movimiento estudiantil como ya lo venían haciendo.

Volvemos a chocar con la ausencia de liderazgos políticos y sociales. Salvo el que los estudiantes de la Confech han logrado concitar en estos tres meses, el resto de nuestra clase dirigencial logra restar más que sumar.

Las marchas estudiantiles han conseguido gran convocatoria porque detrás de ellas hay un petitorio claro. La CUT, en cambio, cuenta con un pliego de peticiones confuso y demasiado amplio. Claro que esa no es la única razón de su fracaso.

Aunque las reivindicaciones laborales sean más que justas, las formas que escogieron para ponerlas sobre la mesa no rindieron fruto. No esta vez. Resulta bastante evidente que aquí hubo un dejo de oportunismo de parte del organismo que dirige Arturo Martínez. Quiso aprovechar la crispación social derivada de las marchas de alumnos insatisfechos para vestir su movimiento con ropa ajena. Un movimiento que está cada vez más debilitado. En épocas como esta, donde la desigualdad se ha transformado en un tema-país, hubiésemos esperado que el organismo que representa a los trabajadores tuviese la suficiente musculatura propia para imponer sus demandas en las calles. A la CUT le falta músculo y le sobra grasa.

Lamentablemente las pasadas 48 horas tuvieron pocas demostraciones de fuerza sindical y en cambio demasiadas de fuerza con violencia. Hechos como esos no empoderan a la ciudadanía y lo único que consiguen es que esos dirigentes sean vistos como amenazantes. Las barricadas son inadecuadas y anacrónicas. La lucha por el poder no se consigue con violencia. Además, bloquear las calles para impedir que la gente llegara a sus lugares de trabajo es hacer trampa.

Que junto a la Central de trabajadores marchen por las calles los partidos de la Concertación, los mismos que no hicieron los cambios que el mundo laboral está pidiendo suena, por decir lo menos, absurdo. No se desconoce que varios líderes que hoy están en la oposición intentaron imponer cambios al sistema y que no lo consiguieron porque fracasaron en el parlamento o porque no lograron convencer a la mayoría que gobernaba en ese entonces. Es legítimo que insistan en pedirlos, pero primero hay que hacer un mea culpa y explicar por qué no fueron ellos quienes generaron las reformas.

La Democracia Cristiana es un fiel reflejo de esa falta de liderazgos. Tuvo entre sus filas a destacados dirigentes sindicales como Manuel Bustos, María Rozas o Jorge Matute Matute. Atrás quedaron los tiempos en que el partido hacía genuinamente suyos los discursos de la clase trabajadora. Hoy apenas sintoniza con el movimiento y fue el último partido de la Concertación en definir una postura sobre el paro.

El fracaso de la CUT no es, sin embargo, un triunfo del Gobierno. Los que no se unieron al llamado a paralizar no lo hicieron por respaldo al Presidente Piñera, quien tiene apenas un 26% de apoyo ciudadano, según la encuesta CEP.

De hecho, cada vez que el gobierno trata de descalificar las movilizaciones con argumentos de autoridad, más gente se une a las marchas. Ayer fue un vivo ejemplo de eso.

Cuando la Alianza califica de “irresponsable” a la Concertación diciendo que ellos siempre hicieron una oposición constructiva, olvida que también tuvo momentos de irresponsabilidad. Haber aprobado sólo mil pesos al presupuesto del Transantiago y amenazar con un boicot a las inversiones británicas por la detención de Augusto Pinochet en Londres, son dos de varios ejemplos.

No suena muy responsable que el Ministro de Salud acuse sin pruebas que la huelga de hambre de los escolares fue un tongo o que el Intendente del Biobío vincule las manifestaciones sociales con los hijos nacidos fuera del matrimonio.

El fracaso del paro no es otra cosa que la derrota de la clase política. La gente está insatisfecha. No hay duda de eso. Pero ni partidos, ni movimientos sindicales dan en el clavo para saber cómo representar esa insatisfacción. Por eso nadie logra capitalizar la baja aprobación que tienen el Gobierno y la oposición. Por ahora los estudiantes son los únicos que se llevan el peso de la demanda de cambios. Sí, los jóvenes. No los adultos. Ojalá no cambien cuando crezcan.

Columna escrita para Publimetro

 

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