Dolorosas pero necesarias preguntas

En tres oportunidades distintas durante el día, el Presidente Sebastián Piñera se encargó de señalar que todo apunta a que fue un brusco cambio en las corrientes del viento lo que provocó la caída del avión CASA C-212 en el archipiélago de Juan Fernández. Pero no sólo eso. Planteó taxativamente que el vuelo respetó todos los protocolos de la Fuerza Aérea. El mandatario sabe del tema. Es piloto y fue dueño de una de las aerolíneas más importantes de Latinoamérica. Aún así, persisten muchas dudas. Demasiadas.

Es probable que las condiciones climáticas hayan sido efectivamente las causas de la tragedia, pero sería necesario aclarar si el avión pudo haber tenido posibilidades de maniobrar de forma más efectiva.

Desde la FACH se ha insistido en que el avión había cumplido con los tiempos de vuelo programado y, por lo mismo, tenía reserva de combustible necesaria para efectuar varios intentos de aterrizaje. Lo que no se ha despejado con total claridad es si la nave llevaba sobrepeso. De haber sido así, y aun cuando haya cumplido con el cronograma de viaje, un exceso de peso le habría hecho consumir más combustible.

El CASA lleva la sigla de C-212, que corresponde a la inicial del fabricante, al número de motores (dos en este caso), y al número de pasajeros que se planteó como objetivo: 12. Aunque las naves han sufrido variaciones, el aparato accidentado se adaptó para transportar a un total máximo de 22 personas, y el viernes iba con 21: 18 pasajeros más tres tripulantes. La pregunta es si esa adaptación incluyó mayor potencia en sus motores para soportar mayor peso.

A la duda anterior se agrega otra. El material de construcción para la ONG “Levantemos Chile” pudo haber generado aún más sobrepeso. Si esto es así, la nave pudo haber consumido más combustible de lo normal y tuvo que afrontar el aterrizaje en condiciones de inestabilidad.

Los que lo conocen bien describen al CASA como un “camión con alas”. Al tener tren de aterrizaje fijo, su desempeño aerodinámico es escaso. Esta nave tiene capacidad STOL, es decir, para despegues y aterrizajes cortos, y por lo mismo no está diseñada para maniobras complicadas. No al menos si lleva exceso de carga.

Bien se podrá contra-argumentar que esta clase de aviones ha viajado muchas veces a zonas como Juan Fernández y otras, y que no conocíamos de accidentes. Las estadísticas demuestran lo contrario. En Chile suma varias tragedias, incluyendo 11 muertos cerca de Cabildo en 1986, otro en Rancagua en 1995 y 14 en Michimahuída en 2000. A nivel global y considerando la cantidad de CASA construidos desde 1971, se reporta casi un muerto por avión fabricado. Así lo muestra el sitio Avitation Safety Network, que reúne las estadísticas mundiales de la seguridad aeronáutica.

Esta tragedia puede convertirse en una buena oportunidad para revisar también otras disposiciones que han levantado dudas en estos días. Según la reglamentación chilena de procedimientos aeronáuticos (DAP) 11 107 párrafo 1.1.3 señala que “no se permite la operación de vuelos hacia la Isla Robinson Crusoe de aeronaves que no cuenten con aeródromo de alternativa de destino”. En español simple significa tener combustible para ir y volver porque no hay otra pista cerca. Quizás no es el motivo del accidente, pero habría que aclarar si se infringieron las normas.

Tema aparte son las características topográficas del archipiélago de Juan Fernández. Su pista de aterrizaje está ubicada en un peñón y expuesta a fuertes vientos y condiciones meteorológicas en extremo cambiantes. Es una de las más cortas del país, con 1.018 metros de longitud y tiene un ancho de 18 metros. Está construida de asfalto, lo que impide que aterricen en ella aviones con un peso superior a los 7.500 kilogramos. Es decir, no pueden acceder a ella aviones pesados -la razón por la cual el Hércules enviado el viernes tuvo que devolverse- y que, además, puedan efectuar despegues y aterrizajes cortos.
Para poder llegar vía aérea a Juan Fernández, los aviones deben cumplir una serie de requisitos dispuestos por la Dirección General de Aeronáutica Civil, DGAC, tales como contar con elementos de salvación marítima y equipos de comunicación especial. ¿Los tenía el CASA accidentado?

Como el aeródromo de Juan Fernández no tiene un tráfico intenso, no cuenta con torre de control. Tampoco existe un servicio meteorológico que pueda informar en forma precisa de las condiciones actuales y no tiene procedimientos de aproximación instrumental. Para poder aterrizar, los pilotos deben sobrevolar la pista, chequear que esté despejada, y observar la manga de viento para calcular al ojo la dirección y velocidad de este.

Después del tsunami, Juan Fernández se convirtió en una de las zonas más simbólicas del país. Todos nos conmovimos ante la historia de Martina Maturana, la niña de 12 años que esa madrugada del 27 de febrero de 2010 corrió a tocar el rudimentario gong para alertar a los isleños del tsunami que los azotaría.

Se hicieron promesas. Promesas de no olvidarlos. No dejarlos tan aislados. Ha pasado un año y medio y el gong sigue estando ahí. El aeródromo sigue siendo igualmente precario y las comunicaciones igualmente inestables. Moros y cristianos, Gobierno y oposición, todos dieron su palabra e hicieron ofrendas de mejores condiciones para una zona soberana tan clave como abandonada. Los pocos que estaban honrando su compromiso fueron los mismos que murieron en esa misión.

Una última cosa. Al no ser un vuelo comercial sino militar, no hay seguros para ninguno de los pasajeros. Un detalle que cobra especial importancia considerando que varias de las víctimas fatales dejan hijos, entre ellos el matrimonio de Sebastián Correa Murillo y Catalina Vela, padres de Laura, de 11 años; Sebastián, de 8, y Leonor, de 5.

En tiempos de dolor, las lágrimas opacan las preguntas incómodas. Que la pena no nos niegue las respuestas del por qué este accidente nos quitó a un puñado de hombres y mujeres que no habían echado al olvido al olvidado Juan Fernández.

Columna escrita para El Post.

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